Hola de nuevo. Esta excursión es de esas cosas que quieres hacer pero que nunca encuentras el momento. Y me explico
Siempre, y cuando digo siempre, es en sentido literal, he querido visitar el lugar donde descansa esa iglesia con una cúpula verdosa que veía cuando pasaba con mi coche circulando por la autopista AP-2, dirección Tarragona. Me he preguntado muchas veces en qué pueblo estaría, como sería, y si algún día la podría visitar. Además es uno de los pueblos que hacen o completan la hoja de ruta -qué de moda está esta expresión hoy en día- en cuanto a los objetivos que me he marcado de visitar todas las poblaciones de esta zona cercana a Zaragoza, hacia el este.
No puede ser que conozca todo el Pirineo, y muchas zonas del país y lo más cercano no lo haya visto nunca. Creo que es algo que hay que hacer, y esta excursión forma parte de ello.
El día de la caminata fue un 28 de julio de 2018, sábado. Y podríamos decir que se divide en dos partes o dos excursiones, y ya veréis por qué, si se lee hasta el final. Evidentemente, hacía calor, mucho calor. Y decidí hacerla sólo. Tal vez sea demasiado pedir a los posibles acompañantes, por la climatología más bien, no por la distancia a cubrir. No tengo reparo a hacer marchas sólo porque voy bien preparado, conozco mis límites, que he aprendido, por cierto, yendo en solitario, y llevo mucho cuidado, sé lo que puedo o no puedo hacer. Aunque lo imprevisto puede surgir, pero esto puede pasarle a cualquiera, las probabilidades disminuyen exponencialmente si vas con cuidado y yo lo tengo.
Así que salgo de mi casa preparado y con buenos ánimos y me dispongo a coger una bizi, sí con Z, del servicio que uso habitualmente, en la estación más próxima a mi casa y que me cuesta 36 euros al año, y a la que le han salido muchos competidores, patinetes, bicicletas etc…pero eso es otra historia. Llego a la estación bizi del Coso Zaragozano y allí la dejo anclada porque la parada de bus que lleva a Villafranca de Ebro está allí.

Son unos autobuses que pertenecen al consorcio de transportes de ZGZ, no son urbanos, y esta vez la empresa encargada de llevarme es Ágreda Automóvil. He decidido ir en autobús porque es la manera de cumplir etapas aunque te venga el bajón y no te queda otra que caminar o te quedas tirado. Yo soy así.
Pues bien, por el módico precio de 2,10 euros, me llevan a Villafranca de Ebro, desde Zaragoza.
De esta localidad puedo decir que está a 23 km de Zaragoza, y pertenece a la Comarca de Zaragoza y a la Mancomunidad de la Ribera Izquierda del Ebro. Está a 176 metros sobre el nivel del mar. Tiene unos 800 habitantes más o menos y se llama «franca»porque en 1.437 le otorgó una serie de franquicias el Rey Alfonso V de Aragón.
Pues bien, bajo del autobús en una parada que está al principio del pueblo, por si las moscas (no me vaya a pasar de largo) y pronto llego caminando a una especie de plaza pequeña que tiene un banco de piedra circular. Decido que es un buen momento para darme un poco de crema solar pues el día ya apunta maneras.
Una vez bien «embadurnado» sigo mis andanzas por el pueblo. El espacio se va haciendo más amplio y llego a una especie de mural de ladrillo decorativo donde está puesto en hierro el nombre de una plaza, Plaza de Santa Bárbara, y el escudo de la localidad. Me viene a la mente el por qué la gente se acuerda de esta Santa cuando truena, porque a parte de ser patrona de los artilleros, en los navíos de línea de nuestra Armada, los de combate, el pañol de la pólvora se llamaba la «santabárbara».
Continúo la marcha y me encuentro con otra plaza, esta vez se llama San Roque. Ya llevo casi tres plazas menores y no he llegado a la principal, parece que aquí le tienen gusto a las plazas.
Justo en esa zona hay una casa que tiene una curiosa baldosa pegada en la pared, villa Pilar, se llama la casa en cuestión y está claro quién manda en ella.
Bueno y después de varios metros de callejear, llego por fin a la plaza grande del pueblo.
Como pude comprobar al llegar, la mayoría del patrimonio histórico del pueblo se sitúa en la Plaza de España que así se llama. En ella está el Ayuntamiento. En el centro hay una fuente circular con dos bancos, que incorpora los escudos de cerámica de los apellidos de sus habitantes.
El conjunto bonito es, la verdad, y cómo no, no podía faltar la foto con ese fondo, por eso he hecho la excursión. Pero a veces no es fácil. Al señor del banco de los escudos no le voy a pedir nada pues esta dormido. Sí, el de la foto no está mirando hacia abajo plácidamente, está absolutamente dormido, lo que no sé es como no se cae. No hay nadie más. Es lo que pasa en estos pueblos. Son muy tranquilos. En fin, dadas las circunstancias me las apaño. No llevo trípode grande, demasiado peso, pero sí llevo mi pequeño trípode de patas que se pueden doblar.
Veo una ventana con rejas, en una casa que justo cae enfrente de la iglesia. Pongo el automático y como puedo la agarro con las patas a un trozo de reja y me voy rápidamente, a ver como sale. Son 12 segundos. No he podido encuadrar ni nada.Pues bien, como puede verse, compruebo y como no ha salido tan mal, a otra cosa, mariposa.
Frente al Ayuntamiento, y ocupando la mitad de la plaza, está el Palacio del Marqués de Villafranca de Ebro. Es lo que se ve a continuación de la iglesia en las fotos, hacia la izquierda. Es de estilo barroco, de los primeros años del siglo XVIII concretamente de 1.703. Parece ser que la Iglesia de San Miguel, era una capilla privada para los habitantes del Palacio, ¡pedazo de capilla! y ahora es la Parroquia del Pueblo, que es la que se ve con esas torres y esa cúpula de color verde turquesa que siempre me llamaron la atención. Lo malo es que no la puedo ver por dentro, está cerrada. Habrá que dejarlo para otra ocasión.
Pero hay otra cosa que también llama mi atención. En un lateral de la plaza hay un gran poste de madera, y de él ondean tres banderas, la española, la mejicana y pirata, en este orden y de arriba a abajo. La razón no la sé. Será que ha habido fiestas en el pueblo y las han dejado ahí colgadas. Vete a saber.

Antes de abandonar definitivamente esta zona, me recreo con la arquitectura y centro mi objetivo en partes de la iglesia y saco alguna foto más. Estoy disfrutando, como siempre, de mi afición favorita.
Lo siguiente que hago es rodear por detrás el conjunto monumental a ver que perspectiva abarco, y me encuentro con un murete perimetral, y a través de una puerta, que tiene una verja de hierro, puedo apreciar unos jardines, algo descuidados, con bastantes tipos de árboles.
Como digo hay un muro que no deja ver más, pero pienso que si logro estirar el brazo y sacar una foto por encima del mismo, podría hacerme una idea de lo que hay al otro lado y … sorpresa, ¡hay una furgoneta! bueno, o lo que sea que es, porque más bien parece un antiguo furgón del que sólo se le ve la parte de atrás, le faltan hasta las ruedas. ¿Marca Ebro?. Igual lo utilizan para guardar material de jardinería.
Pero no sólo se ven los árboles que sobresalen del jardín sino que se pueden apreciar diferentes vistas de las cúpulas y las torres, y, como no, los típicos nidos de cigüeñas como suele ser habitual en todos estos pueblos.
Lo siguiente que veo es un depósito elevado de agua. Tiene una ventanuca circular, y cómo no, un gran nido de cigüeñas que parece se va a resbalar del tejadillo de un momento a otro, aunque seguro que está bien equilibrado, la naturaleza es sabia.

Parece un poco inclinado a la izquierda ¿aguantará?
Ya voy cogiendo perspectiva del lugar y se puede ver ya claramente la torre de agua, que emerge desde la frondosidad de los árboles mucho más grande de lo que me la imaginaba. Pero también se ve un enorme y esbelto pino, de los de copa redonda. Después me enteraré que la iglesia, el palacio, el jardín, el depósito y el pino forman todos juntos un conjunto patrimonial monumental, reconocido y protegido.
Seguidamente, decido que quiero ver la iglesia desde más lejos, y la única forma es alejarme del pueblo cruzando un puente que pasa por encima de la autopista AP-2 .
Al ir cruzando el puente me voy alejando a la vez que gano algo de altura y aprecio detalles que me habían pasado desapercibidos a nivel de calle, como las ruinas de una especie de torreón que hay en un monte tras el pueblo, y parte del paisaje que me rodea.

Casetas en las afueras del pueblo, arriba a la derecha, en la esquina, el torreón en los montes pelados
Hay zonas en la lejanía donde se ve algún polígono o industria, y más en las zonas altas, las típicas torres de energía eólica, y también más hacia el oeste los campos de maíz en contraste con los montes absolutamente pelados, propios de esta zona, desérticos, y los valles verdes, con abundantes huertas.
Por el puente asfaltado, llego al otro lado de la autopista, y tengo curiosidad por ver a dónde me lleva la pista. Termino en un camino de tierra, después de pasar por delante de una casa que tiene una parra en el porche, y a mi derecha y paralelos a la autopista, veo multitud de campos de cultivo de todo tipo. A mi izquierda se adivina una acequia medio tapada por cañizares.
Después entro en una zona de campos de maíz, y pasa lo de siempre. Cuando en una excursión he tenido que pasar cerca de estos campos y además coincide que es verano, hay que ver la cantidad de calor que desprenden. Es increíble, es como un chorro de aire caliente inmisericorde que va hacia tí.
Además, el sol va apretando con fuerza y decido cambiar de gorra. Me pongo una que tiene una telilla que te tapa la nuca, cual soldado japonés de la II G.M. , pero que evitará que me queme el cuello y protegerá esa zona, aunque también da un poco más de sofoco, pues no deja pasar el aire, pero prefiero esto a que me queme el sol.

Sigo caminando y veo unos postes de alta tensión que están habitados en su parte más alta por cigüeñas. En el de la foto, el ave ha aprovechado su estructura metálica para crear un nido a base de apilar sucesivas ramitas donde poder criar tranquilamente a su progenie.

Aprovechando hasta el más pequeño hueco
Avanzo unos cuantos cientos de metros más, e incluso por un momento barajo la posibilidad de llegar hasta el siguiente pueblo por la zona de las huertas, pero hago cálculos y no me parece en principio factible por el tiempo del que dispongo. A saber cuantas curvas y giros hacen los caminos.
Entonces pienso en posibles alternativas pues aún me quedan horas de luz, pero no puedo alargar demasiado la ruta si quiero volver en uno de los autobuses que salen de alguno de los pueblos a mi alcance. Sin pensármelo dos veces, vuelvo sobre mis pasos.
Al volver a cruzar la autopista por el mismo puente y en sentido contrario, sigo mirando el horizonte y veo sobre los campos de maíz, las huertas, y las edificaciones, los montes retorcidos, secos y erosionados, de esta zona de la depresión del Ebro.

Viendo estos montes decido ir por arriba, mejor que por lo llano
Pienso que si no voy a volver por las huerta como ya he dicidido, podría ir por allí, bordeando la autopista y subiendo hacia las zonas altas y esteparias para llegar a los pueblos que están hacia el oeste, si puedo, hasta la Puebla de Alfindén donde cogeré el autobús a Zaragoza.
Esta idea me parece más atractiva. Seguro que tiene mejores vistas, además desde la altura uno se orienta mejor, y seguro que sopla más el aire. Mi cabeza ya está planeando las diferentes alternativas. Así que dicho y hecho, voy a volver a cruzar hacia Villafranca y volveré por los montes.
Me vuelvo a adentrar por las calles del pueblo, esta vez por otra zona diferente y aprovecho para ver algunas casas. Una de ellas tiene la puerta abierta y me deja apreciar una especie de patio interior.

Patio interior de una de las casas del pueblo
Salgo por detrás de la zona de la iglesia, y ya enfilo una calle para salir del pueblo. Es una calle larga, recta, y en un lateral veo aperos de agricultura muy antiguos, y a continuación la escuela. Ya hacia al final, la salida a la carretera y un cartel que indica que en 400 metros llegas a Villafranca de Ebro.

Ya salgo del pueblo y me dirijo hacia los montes esteparios. Esto va a ser como una segunda parte de la excursión totalmente diferente a la primera, y mucho más dura. Hay factores que a muchos les tirarían para atrás, o simplemente ni se plantearían hacer este tipo de caminatas. Por ejemplo, no hay sombra, el paisaje es monótono, no hay verde, hay más sitios que ver…bueno, es una opinión. Para mí, todo lo que sea caminar, lograr objetivos y que el cuerpo te responda, sólo por eso, ya merece la pena. Y hay que tomar decisiones, hay que ser prudente, hay que saber tomarte la medida de lo que puedes y no puedes hacer. No hay mejor manera de conocerte a tí mismo, que en este tipo de excursiones.
Pero hay algo que no tiene precio. El silencio. La soledad de encontrarte contigo mismo, es una paz reconfortante, desestresante, sólo te oyes tú, tu respiración, tus pasos, el viento, nada más. Los sentidos se agudizan, descubres facetas que en la ciudad no se manifiestan. Prestas atención a los pequeños detalles, la luz, los pequeños ruidos de la naturaleza. Es genial.

Bueno, pues como decía, me dirijo hacia los montes pelados. Cruzo la carretera general y llego a un hotel restaurante de carretera con una gran explanada donde hay numerosos camiones aparcados. Al final de dicha zona hay un camino que va subiendo progresivamente hacia los montes.
Voy hacia allí. Enseguida voy ganando altura, y a mi izquierda a lo lejos, puedo ver un torreón de planta cuadrada y de dimensiones nada despreciables, tiene pinta de ruina muy antigua, algún viejo baluarte medieval, seguro, y me planteo ir a verlo, aunque me desvíe algo de ruta. Pero enseguida al acercarme me doy cuenta de que hay una valla metálica perimetral protegiendo el entorno. No voy a poder. Descarto la idea y sigo adelante.

Al rato, me topo con unos troncos tirados en medio de la nada. ¿qué hacen ahí? ¿Es un árbol muerto hace mucho?. El entorno es estepario, no hay nada, sólo yesos, tierra blanquecina, espartos, romero, tomillo…empieza a soplar viento. A mí me encanta. Es como un ventilador natural. Genial, me viene de maravilla. El paisaje es desolador. Abrasado por el sol. Ni un sólo árbol. Los montes son planos, montículos en sucesión, cuya tierra de la parte de arriba se ha ido resbalando con el paso de los siglos y milenios a base de erosionarse con la lluvia y los elementos y se ha ido depositado en los barrancos. En cierta forma son bellos, salvajes, auténticos.
Sigo subiendo. Gano más y más altura. Logro ver el pueblo ahí abajo, se ven las calles, las casas, la Iglesia-Palacio que he visto antes…la carretera, el horizonte lejano e incluso más allá la propia Zaragoza. Estoy por encima de todo ello, a vista de pájaro.

En esta foto se ve la AP-2 y al fondo, la ciudad de Zaragoza. En la línea del cielo se ve el «Pirulí » en Vía Hispanidad.
Hace bastante calor, el sol ya está alto, pero como sigue el viento, tengo la ventaja de que es un alivio inmediato que agradezco sobremanera. En la foto se puede ver como la tela cubre nucas de la gorra se mantiene levantada por el aire, pues soplaba con fuerza.
Una vez superado el tramo en el que tenía continuamente a mi vista Villafranca de Ebro, empiezan a aparecer otras localidades. Veo una zona con abundantes árboles, y un núcleo de población. Tiene que ser casi con total seguridad Nuez de Ebro, que está a continuación de Villafranca. Sigo avanzando.
Por todos lados el paisaje me parece sobrecogedor por su crudeza. Es rudo, y me pregunto si no tiene algo que ver, si no ha marcado en cierta medida el carácter de cabezonería y espíritu de lucha y conquista, de no darse por vencidos por encima de las dificultades, de sus habitantes. El caso es que antiguamente esta zona que aquí comienza y que se conoce por los Monegros, viene de la palabra «monte negro» porque en la lejanía los árboles, en su mayoría sabinares, le daban al monte ese color. ¿Dónde se han ido? muchos, según dicen, acabaron siendo la materia prima para construir los barcos que formaron la Gran Armada, mal llamada invencible, según cuentan, pues la sabina tenía muy buenas propiedades marineras por su dureza y resistencia, pero eso es otra historia. La tala masiva durante siglos y los elementos, han hecho el resto. Una pena.
Al rato veo un pilón. Es un indicador geodésico, de los que ponen para hacer mediciones y determinar la altura de un accidente geográfico. Me propongo llegar hasta él y continuar. No es que el camino presente dificultades para superarlo, lo que quizás sea más duro son las condiciones de calor y el viento. Pero bien hidratado y protegido como voy contra el sol se hace llevadero.

Pongo el trípode en el vértice geodésico, y me hago la foto rápidamente. Hace mucho aire, no vaya a tirar la cámara
Cuando llego hasta allí, me llevo una desagradable sorpresa. Justo después del indicador geodésico, que por cierto, su destrucción está penada por la ley según indica la placa, ¡ya no se puede continuar más ! hay un cortado que me impide seguir con garantías de seguridad, por las cimas de los montes, y cuando ocurre esto, sé retirarme, nunca corro riesgos innecesarios. Así que mi plan de ir por las alturas se ve truncado. Me hago la foto de rigor, apoyando mi pequeño trípode en la señal geodésica y habrá que volver por donde he venido.
Pues nada, resuelto, y sin desanimarme en absoluto por ello, vuelvo a bajar, y después de un buen rato de caminar en descenso, llego otra vez a la explanada de los camiones y busco vías alternativas.


A medida que voy avanzando las paredes van ganando en altura, y al ir caminado en su base se perfilan más grandes y altas de lo que parecían a lo lejos.
Una vez abajo, y ya en la explanada de los camiones otra vez, decido ir por un camino que hay justo paralelo a los montes,es decir, vuelvo a repetir la ruta pero desde el nivel del suelo. Pero me da igual por donde vaya, porque las vistas siguen siendo ciertamente de una rudeza aplastante. Y encima, el aire del que disfrutaba arriba, aquí ya no se nota tanto. A mi derecha se levantan, los farallones pelados, secos, como si fuera una ola de un tsunami. A mi izquierda, los campos de secano, con la cosecha ya recogida y alguna edificación, y más allá, el frescor y el verde de las huertas que proporciona el río y las acequias. Es en este lugar donde en un espacio reducido de terreno te das cuenta de que esta tierra es efectivamente, un mundo de contrastes, quizás en ello radique también su belleza salvaje.
Sigo la ruta y parece que todo va bien. Al rato veo una edificación, es como un pequeño chalet, pero a medida que me voy acercando, la desolación. Está abandonado, y ha sido pasto del vandalismo seguro. ¿quién lo haría? ¿por qué está abandonado? son preguntas que quedan sin respuesta. Pero da pena verlo así. De todas formas le pega al paisaje que me rodea, se podría rodar una peli de Mad-Max o del Far West.

Adiós al aire de las alturas, la telilla de gorra japo ya no se mueve…
Después de un buen rato, llego a una especie de urbanización, cuatro casas en realidad, que cruzo por en medio y que tiene algo de verde, parece un oasis en medio de la nada. Continúo y me voy fijando en las paredes. Algo de respeto dan. ¿Y si alguna piedra grande le da por caerse justo cuando voy yo por debajo?. No, me digo, no hay señales de desprendimientos, ni señales de advertencia al respecto.
Las paredes tienen oquedades y están retorcidas en algunos tramos, bajo hacia una especie de barranco, que termina en un pequeño montículo y que se acerca a la carretera de nuevo, hay vallas metálicas, tengo que rodearlas y al final cruzo la zona y prosigo el camino.
Voy bien, animado y a buen ritmo. De repente, un regalo. Una magnífica ave va y viene a una oquedad de la pared que tengo a mi derecha. ¿qué hace? me parece ver moverse algo. ¡Sí! es un nido, y hay una cría de lo que parece ser una especie de buitre o algo así. De pronto veo dos, volando majestuosos sobre los riscos. Son blancos y negros, muy bonitos. Aprovechan las corrientes de aire para planear, le llevan comida o lo que sea que lleven a la cría del nido. Es precioso verlos. Como puedo, y con el mejor pulso que tengo les voy haciendo fotos. También hago a la zona del nido, aunque con el sol y el calor apenas aprecio lo que hay allí.

Disfruto un montón haciendo las fotos. Estoy maravillado de como vuelan por encima mío, como exhibiéndose en sus vuelos y enseñándome de lo que son capaces, parece que digan ¡aquí yo soy el rey de estos cielos! es una fiesta de fotos, pierdo la noción del tiempo. Pero echo un vistazo al reloj, no puedo quedarme más, hay que seguir el plan.
En casa investigo y consulto mi guía de aves. Resulta que con casi total seguridad es un Alimoche común, que es el más pequeño de nuestros buitres con una envergadura de entre 1,48 y 1,71 metros y uno de los que mayor declive a sufrido en las últimas décadas. Es la única especie completamente migradora que tenemos en la península ibérica, ya que en Baleares y Canarias es sedentaria. En vuelo su silueta recorta un pico muy estrecho, acompañado de una cola en forma de cuña, muy apuntada.
El cuerpo y las cobertoras son blancas, mientras que las plumas de vuelo son negras. Los alimoches tardan entorno a 5 años en alcanzar el plumaje adulto. Los jóvenes del año son completamente oscuros de tonos marrones y con la cera del pico azulada. A medida que avanzan los años, esa cera se vuelve amarilla y empiezan a aparecer las primeras plumas blancas, típicas de un subadulto Así que coincide con mis fotos. ¡Genial!

Bueno, después llego a una especie de pequeño polígono industrial que queda a mi izquierda y lo voy pasando. Una de las naves funde hierro, o saca virutas de hierro, hay un operario dedicándose a esto. Huele a fundición, más aún con el calor que sube del suelo. Yo sigo por el camino al pie de los montes. A lo lejos veo el toro de Osborne, la torre y la ermita. ¡Es Alfajarín!, genial, tengo que llegar hasta allí. Si voy a buen ritmo llegaré para coger el autobús y volver.

El toro sin cabeza, el castillo y la ermita de Alfajarín. Aún queda, el zoom engaña
De vez en cuando noto pequeños golpecitos en la camisa camuflada. Plas, plas, ¿qué pasa? respuesta: son saltamontes, ¡no me ven! y se chocan conmigo. Otras veces se me cruzan veloces en el camino de un lado a otro un sin fin de lagartijas. Casi no se les ve, a ninguno de los dos. Están perfectamente camuflados para el entorno en el que viven.
Y en cuanto a plantas, nada, lo que se ve, más bien parecen arbustos y hierbas esteparias, salvo una zona donde aparecen cactus, yo creo que plantados por el hombre, al menos los primeros, porque no hay más. Que luego se hayan extendido por sí mismos, ya no lo sé.
Pero de pronto, aparece un cartel que dice «Hotel Casino». Se nota que lleva mucho tiempo sin renovar. Se refiere al Casino Montesblancos, que ví hace unas horas desde la parte alta de los montes. Al rato, vuelvo a ver una especie de estructura metálica maltrecha que soporta un nombre, anunciando el establecimiento pero al revés, «Casino Hotel» ,en la cima de uno de los riscos. Y al pasar al lado de una de las carreteras que daba acceso al Casino, veo que la han inutilizado poniendo una especie de obstáculo de tierra para que los coches no la puedan pasar. Práctico y barato de hacer.
Sigo caminando y al rato me cruzo con un cartel que pone «trincheras». Parece ser que en la guerra civil hubo aquí posiciones del ejército nacional y luego también del bando republicano. No me da tiempo, hay que dejarlo para otra excursión. Tomo nota y haré una visita a estas trincheras otro día, seguro.
Y en el andar, las cosas que se ven por el camino. Los de Alfajarín tienen una zona para tirar con arco. El que no se entretiene por aquí es porque no quiere.
Cada vez estoy más cerca de Alfajarín. Llevo buen paso. Pienso que al final me va a dar tiempo a llegar al pueblo siguiente y coger el autobús allí. El siguiente pueblo es la Puebla de Alfindén. Ya he estado allí y me conozco la ruta y los horarios. Veremos pues. De momento, se acaba el camino y entro en la antigua carretera nacional asfaltada, que está inutilizada y que va paralela a la AP-2.
Al fin, llego a Alfajarín. Ya me lo conozco, así que no me entretengo y sigo adelante, me da tiempo, decidido, me voy a la Puebla de Alfindén. Dejo a mi izquierda la visión de la torre de la Iglesia y cruzo por debajo de la autopista. Entro en el pueblo, una placa de una calle me llama la atención, Ben Alfaje, o tierra de alfareros, que sería el origen del nombre actual, claramente árabe, pero parece ser que en esta zona pudo haber también algún resto íbero y lo más contrastado una villa romana.La construcción de la A-2 sacó a la luz los restos de una antigua villa romana y en ella apareció la cabeza de una escultura romana de aire provinciano según dicen.
Pero hay algo que me llama la atención aún más. Veo el toro en lo alto, sin cabeza, y veo unos pinos a las afueras del pueblo con grandes ramas arrancadas. El temporal de viento y lluvia fue muy fuerte, tremendo, los lugareños no recordaban algo igual en años. Esto sucedió el 12 de julio del 2018. Yo estuve visitando el toro antes, cuando estaba completo, con su cabeza, y cuando hice esta excursión habían pasado sólo dieciséis días desde el temporal.

Destrozos por doquier, el toro sin cabeza, dieciséis días antes, todo estaba bien
Afortunadamente, unos días después de hacer yo la excursión, las autoridades municipales se pusieron en contacto con Osborne y lograron que el toro volviera a lucir como siempre, ya con la cabeza en su sitio. Concretamente los trabajos de reconstrucción terminaron el 30 de agosto de ese mismo año, sólo cincuenta días después. (pongo una foto de la prensa)
Pero los destrozos siguen siendo palpables en el momento de mi caminata. Veo una cigüeña, o lo que queda de ella, a un lado del camino, una víctima más que no resistió la tormenta. Ya en la zona de huertas, árboles tirados por doquier. Y ya cogiendo el camino a la Puebla, a mano derecha, pude ver en una excursión anterior unos silos para almacenar grano, y que me llamaron la atención,estaban pintados de negro. La empresa es Silos Canfranc, que lleva desde 1.930. Pues bien, cual fue mi sorpresa a ver que ¡el temporal había arrancado los silos y los había tirado contra las naves de la empresa!. La violencia del viento tuvo que ser importante.
Bueno,pues poco a poco, voy alejándome de la zona y me adentro en el camino ya más benévolo de las huertas y campos verdes, hacia La Puebla de Alfindén. Pero en algún momento echo la vista atrás y veo en la distancia de donde vengo, lo que acabo de recorrer, y me doy cuenta de que ha sido una buena jornada de marcha, pero aún me queda la parte final hasta el autobús.
Y por fin, a tiempo, llego a mi destino. Cuando estoy en la parada del bus me doy cuenta de que mi cuerpo pide agua, una buena ducha, y descansar, y también, por supuesto comer algo, y recuperar fuerzas, ya en casa. Me siento cansado pero genial, esto es el mejor gimnasio y el mejor desestresante del trabajo del mundo, y el mejor «elimina- preocupaciones» que existe, al menos durante esas horas. Altamente recomendable, cada uno en la medida en que pueda responderle el cuerpo, y siempre que le sea posible,naturalmente.

Esto es la Puebla. La cara lo dice todo. Ya he caminado suficiente.
Han sido 20 kilómetros y unas 1.000 kcal de gasto, aunque creo que reales son más, puesto que he hecho muchas subidas y bajadas y eso quema aún más.
Bueno, así que si has llegado hasta aquí , lector de mi blog, es que te ha entretenido lo que he contado, así que gracias por terminar el relato que reconozco es extenso. La foto de la ola que he puesto al final, me hizo gracia, no sé a qué se refiere pero terminé la excursión con ese selfie. La vuelta me costó 1,35 euros. Que sumados a los 2,10 euros de la ida, hace un total de 3,45 euros por un gran día de excursión. El agua que yo sepa es gratis. No hay excusa.


Pues hasta la próxima historia aquí en mi blog. Pondré aún muchos más de los ya acontecidos, y de las nuevas salidas que vaya haciendo, también. Saludos a todos. Si queréis le podéis dar un me gusta en la estrella que sale debajo de la opción de compartir abajo del todo. Gracias y ¡Hasta pronto!
























































































