Hola de nuevo, amigos que leéis habitualmente mi blog. Esta vez me he ido a ver las Ermitas de Tella, una preciosa localidad del Sobrarbe, que está colgada en una montaña, y desde la que se tienen unas vistas alucinantes del entorno que la rodea. En esta salida también visité el Cañón de Añisclo, pero lo contaré en otra entrada del blog, como la segunda parte de esta excursión.
Pues bien, tanto para ver un lugar como otro, si quieres que te cunda el día y volver no muy tarde a casa, hay que madrugar. Me suena el despertador a las cinco de la mañana, del domingo 4 de agosto de 2019. Me hace gracia como suena mi móvil, junto con la música de la alarma, una voz – femenina por cierto- me dice “ son las cinco”. He dormido bien. Empieza el ritual de todas las salidas, que incluye darme la crema solar por las zonas de la piel que estarán expuestas al sol, y quiero hacerlo con tiempo, para que la crema penetre bien y a la hora de la caminata ya la tenga absorbida. Esto es muy importante, igual que llevar agua, ropa y calzado adecuado y todo lo necesario.

La ruta ya la tengo planificada de antemano. Nunca salgo sin mirar al detalle por el google earth el recorrido, y sobre todo el tiempo atmosférico que hará. Utilizo para ello la la web de AEMET. (Agencia Estatal de Metereología).
Desayuno bien, (esto también es muy importante), en mi caso tostadas con aceite y sal y un buen bol de leche con café, que me dan energía de sobras para encarar la excursión, y me voy. Hecho gasolina y me pongo en ruta. Son las seis y veinte de la mañana aproximadamente. Tengo que ir al Sobrarbe, más allá de Ainsa ó L´Ainsa (como la llaman últimamente), así que las dos horas y media de coche no me las quita nadie.
Voy a explicar bien la ruta por si alguien se anima a repetirla. Lo primero es llegar a Huesca desde Zaragoza. Voy por la autovía A-23. A las 7:05 estoy a 10 km de Huesca y un bonito amanecer me da los buenos días. El sol sale como una gran bola naranja detrás de las montañas que constituyen las Sierras Exteriores del Pirineo.

Paso las instalaciones de Walqa y me acerco al desvío a Cuarte. Ojo porque por aquí hay un control de velocidad por radar anunciado a bombo y platillo, el que se pase de 120 km/h es que está ciego. Yo personalmente en los viajes evito sorpresas desagradables manteniéndome siempre a la velocidad que indican las señales.
Son las 7:11 y ya estoy en Huesca después de unos 74 km desde mi casa. Ahora tomo el desvío que va hacia Barbastro, abandonando la autovía y circunvalando Huesca. Por un tramo de doble sentido llego a una rotonda, unos diez minutos después, que me permite incorporarme a otra autovía, la A-22. A las 7:38 minutos y 115 km desde que salí de Zaragoza, ya puedo ver en la lejanía una la silueta que se recorta contra el horizonte. Es el Monasterio del Pueyo, en lo alto de una colina. Barbastro está ya muy cerca. Al rato el Monasterio se hace grande a la vista y justo allí hay una rotonda por la que se sale de la autovía. Si siguiéramos por esta última, iríamos a Lérida.

Tomo la carretera A-123 hacia Aínsa. Llevo 124 km y son las ocho menos cuarto de la mañana. Después de 7 km ya estoy en Barbastro y tengo que volverme a desviar. Pasada la localidad hay una indicación que te indica la dirección a Ainsa. Sales a la derecha y en una bajada, te incorporas a una rotonda, vas siguiendo siempre las indicaciones hacia Ainsa, se pasa por debajo de la carretera que acabo de dejar y ya tomas la A-138 dirección a El Grado que indica está a 10 km, y Ainsa, que según pone también, está a 46 km de aquí. No hay problema, está todo muy bien indicado, sólo hay que seguir las señales.
Llevo ya 141 km y casi son las ocho de la mañana. Unos cinco kilómetros después, y ya veo a lo lejos la silueta del Santuario de Torreciudad. Me acerco a El Grado. Paso esta localidad. Cuando llevo 162 km circulo al lado de la localidad de Abizanda, son las 8:10 de la mañana. A las 8:25 y con 184 km hechos ya desde que salí, llego a Ainsa. Ahora ya queda poco. Cruzo el puente sobre el río, entro en el pueblo y frente a un stop hay un montón de carteles indicativos de la dirección a tomar. Si quiero ir hacia Bielsa y Francia, debo ir recto. Y esa es la ruta que tengo que seguir.

Cuatro kilómetros después y ya estoy en Labuerda. Cruzo el pueblo. Veo el Hotel-Restaurante Turmo y la solitaria torre de la iglesia. Son las 8:30. Continúo. En la lejanía ya veo el pueblo de Tella allí en lo alto. Es mi destino. Cinco minutos después y con 195 km cruzo el puente sobre el río Bellós y entro en la localidad de Escalona. A la izquierda, en una rotonda al salir del pueblo hay un cartel que indica la dirección al cañón de Añisclo. Tomaré esta dirección más tarde, cuando vea las Ermitas de Tella, en la segunda parte de la excursión. De momento sigo hacia Tella.


Al cabo de un rato, decido parar en una pequeña área de descanso que está junto al río. El aire es puro. El día es perfecto. El sol brilla y el cielo es azul. Estoy a 19 grados de temperatura. Tras esta pequeña parada, reanudo la marcha. Unos 8 km después, un cartel me anuncia un desvío a la derecha para acceder a la localidad de Tella. Lo tomo, cruzo la carretera hacia la izquierda y me dirijo hacia allí. Me esperan otros 8,5 km más hasta llegar a mi destino. La ruta es hacia arriba, subiendo la montaña. ¿Cuántos kilómetros llevo ya desde Zaragoza? Pues 204 km aproximadamente. Sólo me quedan otros pocos más y ya estoy. A mí me gusta mucho conducir, y no me cansan los viajes, y si las carreteras son poco monótonas como suelen ser estas de montaña aún me lo paso mejor.

Aviso que la subida a Tella es por la típica carretera de montaña, así que el que espere anchos arcenes y pocas curvas que no se lleve a error, le espera más bien lo contrario. En un momento determinado a un margen de la carretera, veo una zona donde se puede estacionar y que está junto a una caseta de piedra. Paro y me acerco a ver que se contempla desde allí. Las vistas de la zona son magníficas, se nota que voy ganando altura, pero como comprobaré después, nada comparado con lo que me espera a medida que vaya subiendo más y más.
Reanudo la marcha y tras unos cuantos kilómetros en subida constante, llego a una bifurcación, donde un cartel indica que puedes ir hacia los miradores de Revilla o seguir dirección Tella, a 2 km de distancia y también hacia su famoso Dolmen. Este último quiero verlo, pues lleva fama. Vamos allá pues.

A las 9:15 de la mañana llego a la zona donde una señal indica el Dolmen. Como he parado antes, ha pasado más tiempo, pero en cuanto a kilómetros son ya 208 km los que llevo desde Zaragoza. Aparco en un lateral de la carretera y siguiendo las indicaciones, junto a un prado, a mano izquierda, se ve en lo alto el famoso Dolmen. Llego hasta él por un camino rodeado de vegetación y cuando se despeja ya aparece a la vista el Dolmen. En un panel que está colocado en las proximidades, leo algunas explicaciones sobre su origen. Su nombre es Dolmen “Losa la Campa”. Forma parte de la ruta de monumentos megalíticos que está en la lista del Consejo de Europa. Son generalmente sepulcros que se erigieron en la época neolítica y en el calcolítico (4.000 a 1.700 antes de Cristo). Es muy bajito y pequeño. Debían ser muy pequeños los hombres prehistóricos. Me hago la foto de rigor y sigo hacia Tella.


A las 9:37 por fin llego a Tella. El cuentakilómetros del coche marca 210 km. Como veis esta vez he descrito de forma detallada todo el viaje, incluso los tiempos y kilómetros siempre que me ha sido posible. Estoy a 1.384 metros de altura. El lugar es muy bonito. Todos estos pueblos de alta montaña lo son.


El pueblo se articula en torno a una calle principal. Está orientado al sol del sur, y por la parte norte está protegido por un murallón rocoso. Los fundadores supieron escoger una ubicación que les fuera favorable. Los orígenes del pueblo son remotos. Hablamos de miles de años. Esta zona siempre ha estado habitada, como atestigua el famoso Dolmen que he visto antes.
Busco una zona para dejar el coche, hay una explanada nada más llegar junto a la iglesia donde puedo aparcar sin problemas. Veo muchos huecos a estas horas. Me dispongo a cambiarme de calzado y a pertrecharme con la mochila y los bastones para caminar, aunque los cojo por costumbre, porque el trayecto no va a ser complicado y tampoco muy largo. Un simpático perrillo blanco y negro me recibe animoso. Ni ladra ni viene a pedir nada. Va sin collar y aparentemente no tiene dueño. Es el perro del pueblo. Luego se tumba a mi lado mientras me pongo las botas y me hace compañía. Ya listo, me dispongo a caminar.



Lo primero que me encuentro es la iglesia, y una oficina de turismo justo al lado, donde proporcionan información de la zona, pero de todas formas al ser pronto, todavía no hay mucha gente. La iglesia está cerrada. Es la Iglesia Parroquial de San Martín. Se trata de un templo construido en el siglo XVI. Se terminó en el año 1.559.



Son las diez menos cuarto de la mañana y el sol ya calienta aunque la temperatura es muy agradable. Busco alguna indicación o cartel para comenzar la ruta de las Ermitas. A la izquierda de la iglesia, casi en paralelo, hay una indicación y un camino. No hay pérdida. Voy a hacer una ruta circular de una hora de duración aproximadamente que comienza y acaba en el pueblo.

Comienzo a caminar. A mi izquierda hay prados y casas con sus típicos tejados, la mayoría hechos a base de losas de piedra y pizarra. Más allá, el horizonte. Es inmenso, si diriges la vista hacia allí, como a vista de pájaro, en un lugar destacado se ve la Peña Montañesa (2.295 m). Este pueblo tiene unas vistas impresionantes. Sigo caminando hasta una loma.




Estoy rodeado de boj, esta planta que tanto me gusta como huele, y que asocio automáticamente con el Pirineo. En esta zona hay algún tramo del camino con más piedras, pero enseguida se convierte en una senda muy agradable.



Al rato entro en un bosque de pino rojo, o royo, como se dice por aquí. El camino es cómodo. Me llama la atención una cosa. No se oye nada. Pero nada es nada. De verdad. Es una sensación que pocas veces he experimentado tan intensamente, que yo recuerde. Sólo oigo mis propios pasos.


Cuando ya salgo del bosque, lo primero que me encuentro es una visión realmente bella. Un picacho de roca, que es un saliente rocoso de la Peña de San Juan, y a sus pies la primera de las ermitas. Es la de los Santos Juan y Pablo. Las vistas son increíbles. Se pueden ver las gargantas de Escuaín, el valle del Cinca, la gran mole rocosa del Castillo Mayor. No me extraña que eligieran esta ubicación. Aunque otros dicen que la elección fue por otros motivos que luego explicaré y totalmente intencionada.


La ermita es de estilo románico del Sobrarbe, y tiene 1.000 años. Merece la pena detener el paseo, olvidarnos del reloj y dejarnos cautivar por el entorno. Me hago fotos como no podía ser menos, con ese fondo de postal y me dirijo a la ermita. Los Santos a los que está dedicada son dos, romanos, martirizados en Roma, en el año 362 d.C. Fueron decapitados por negarse a abjurar de sus creencias cristianas.
Hay que ponerse en situación en el momento en que se construyó esta ermita. Estamos en el año 1.019. Luego explicaré por qué se sabe la fecha exacta. Las dos terceras partes de la península eran reinos musulmanes. Los condados de Sobrarbe y Ribagorza habían pasado a manos del Rey Sancho III de Pamplona. Castilla y Aragón aún no eran reinos y ambos condados dependían también del Rey Sancho. El Califato de Córdoba se disgregaba en distintos reinos de taifas (ciudades). La taifa de Zaragoza se había independizado de un gran reino que incluía Huesca, Lérida y Teruel. Aquí, en esta zona, en Tella, ¿cuál era la situación? pues que había una población formada casi en su totalidad por pastores que poblaban las montañas desde hacía miles de años. Y mientras pasaba todo esto, se construía esta ermita. ¿Y el año?. Se sabe. Por pura casualidad. La historia es curiosa.

En los años 70 del pasado siglo se hizo una restauración. Los albañiles encontraron por casualidad algo. Una especie de cápsula del tiempo. Tras un sillar hueco que estaba tapado por una laja de piedra había una cajita de madera, y dentro un pergamino. Ahí explica la fecha de la consagración de la ermita y el Obispo que la ofició. Fue el de Roda de Isábena, que se tuvo que desplazar hasta allí. Imaginemos el viaje. Toda una aventura, por decirlo de forma suave. También estaba allí, según el pergamino, y como asistente, una Condesa, la de Toda. ¿Curioso verdad? Digno de cualquier película de Hollywood.

Pues bien, subo por un camino muy marcado. Estoy a 1,402 metros sobre el nivel del mar. Una vez allí me encuentro con el edificio y en un lateral, en el lado sur, una puerta muy antigua, de madera, pequeña, que cierra un arco de medio punto. ¿Estará abierta? Empujo y, sí, se abre. Entro. Estoy teniendo suerte porque no hay turistas por ningún lado. Sólo yo. Que tranquilidad. Una vez dentro me asombra lo reducido de sus dimensiones.


Es la típica construcción románica, con bóveda de cañón apuntada. La nave es rectangular. El altar o ábside es de forma redondeada, y apunta hacia el este, la planta es de herradura, como la forma que se ve desde el exterior. Es muy sencillo. Austero. No hay ninguna ornamentación. Hay una ventana lateral en forma de saetera, para que entre la luz. También una pequeña escultura de dos figuras de los Santos, que sostienen en medio de los dos una espada. Digo yo que será una alusión a la forma en que murieron, decapitados. La colocaron en los años 70 del siglo pasado. Y un Cristo. No hay nada más.

Al entrar, a la izquierda, hay una bancada de piedra bajo un ventanuco por donde entra algo de luz, que está repleta de notas escritas en papeles que ha ido dejando la gente con sus deseos o peticiones. Las hay en diversos idiomas. Hay también unos cuadros con pinturas de Cristo y en un lateral una gran figura de la Virgen María, y a sus pies, unas cuantas velas. Aquí cada cual se expresa según sus creencias. Yo personalmente, dedico un momento a la oración pues la paz y el silencio del lugar invitan a ello. Una atmósfera especial lo envuelve todo. Es un milenio. Es difícil no pensarlo. ¿Cuántas personas habrán pasado por aquí durante todos estos siglos?¿Quiénes serían y cómo fueron sus vidas?.Nunca lo sabremos con certeza. Sólo podemos pensar en generalidades, según la época en la que mentalmente nos situemos.

Bajo el ábside hay una cripta, a la que se puede acceder por unas escaleras de piedra situadas en un lateral. Han puesto una barandilla de hierro por seguridad, lógico, aunque le ha quitado algo de encanto. Bajo. El espacio es minúsculo. Hay que agachar la cabeza. Parece ser que estuvo dedicada en su día a enterramientos. Sólo una pequeña ventana deja pasar algo de luz. Una vez visto, vuelvo a subir.


Terminada la visita al interior de la ermita, me voy. Salgo y avanzo un poco más hacia la zona de la roca, por encima de la construcción. Estoy más alto cada vez. Llega un momento en que no puedo avanzar más. La vegetación y el terreno me lo impiden. Existe la creencia popular que cuenta que en esta roca se hacían aquelarres, por eso también le llaman el Puntón de las Brujas. En el Pirineo siempre existen en diversos lugares este tipo de leyendas. Puede que para contrarrestar esta inclinación hacia todo lo esotérico y mágico en este lugar se fundaran y construyeran estas ermitas. Por eso decía antes que el motivo de ubicación pudiera ser este. Lo curioso es que en Tella no se ha conocido jamás este peñasco por ese nombre referido a las brujas. ¿En qué quedamos?.

Me vuelvo otra vez por donde he venido y oigo voces. Ya están aquí. No iba a ser el único que estuviera visitando estos parajes. Bueno, al menos he disfrutado de un buen rato de soledad. No me puedo quejar. Aprovecho para hacerme alguna foto más sin gente que aparezca en el encuadre y que me estropee el plano. No tengo trípode grande, lo dejé en casa (es muy pesado e incómodo para las excursiones). Veo que por todos los lados hay erizones. Son esas plantas que parecen cojines verdes a ras de suelo. Improviso y apoyo ahí los dos bastones. Los uno por las cuerdas de agarre. Le pongo mi pequeño trípode articulado a la cámara y la sujeto. Se mantiene bien. Perfecto. Disparador automático y me hago un par de fotos antes de irme.

De pronto, tal y como me imaginaba por las voces que oía, de entre los árboles, en la zona que termina el bosque, aparece una familia numerosa al completo que lo invade todo. Pienso que se les tiene que escuchar en unos cuantos metros a la redonda pues arman mucho jaleo. Me fastidia, la verdad, acaban de romper el encanto del lugar, pero es inevitable, es 4 de agosto. Todo el mundo tiene derecho a estar en los sitios, igual que estoy yo. Tan pronto como puedo, les saludo y huyo del lugar hacia la siguiente ermita. Hay que retomar el camino y esta vez va de subida. Al principio atraviesa el bosque de pino royo por la ladera de la montaña. Después clarea y veo robles y algún prado. Las vistas sobre la ermita de los Santos Juan y Pablo, la Peña de San Juan y las montañas que me rodean es magnífica.



A medida que progreso, en lo alto, ya se ve la ermita de la Virgen de Fajanillas, también es románica, del siglo XII, aunque se le hicieron reformas posteriores, en el siglo XVI. Parte del camino está enlosado. El acceso es muy cómodo.


Llego a la otra ermita. Parece que está en peor estado que la anterior. Antes de acceder al edificio hay como un pórtico que está parcialmente hundido, por eso tal vez tenga este aspecto un tanto descuidado.

El origen está en el siglo XII. En el XVI se hicieron reformas y se añadió la torre de planta cuadrada que hoy se puede ver. Originariamente sólo tenía una nave de planta cuadrada y un ábside. Fue la parroquia de Tella hasta 1.557, año en que se trasladó a la iglesia de San Martín, la que he visto al llegar al pueblo. Esta ermita de Fajanillas parece ser que en la Guerra Civil española sufrió daños. La última restauración que se le hizo data de 1.955. Lleva 64 años sin reparar, tal vez sería el momento de acometer nuevas obras de conservación. Se llama así, Fajanillas, porque en fabla o lengua aragonesa, fajana o fajanilla hace referencia a una faja estrecha de terreno que puede aparecer de manera natural en las laderas de un peñasco. La Virgen, pues, hace honor a la configuración de la propia tierra donde es venerada. Voy a verla.

Como la otra ermita, pienso que tendría que estar abierta. Tiene también una gran puerta de madera. La empujo y…no se abre. Empujo más. Cede pero está como atascada. Sigo empujando y con bastante esfuerzo logro abrirla. El interior aparece ante mis ojos. Es diferente pero igual de austero, con un altar y una hornacina donde hay una imagen de la Virgen María, y algunas flores pero lo que la diferencia de la otra es que las paredes están cubiertas de estuco blanco, lo que le da un aspecto más moderno, a mí me gusta más la piedra. Le echo un vistazo y salgo.

Ya fuera, rodeo el edificio. Me hago algunas fotos. Desde esa parte se ve el pueblo de Tella a lo lejos. El paisaje es muy bonito y el entorno también pero si he de elegir, entre las dos ermitas, me quedo, de momento, con la de San Juan y San Pablo.

Ahora ya sólo me queda la última de las tres. Cerca, pero en una cota más alta está la ermita de la Virgen de la Peña.



La Ermita de La Virgen de la Peña, se construyó en el siglo, XIII, aunque fue también restaurada en el XVI (parece que este siglo fue de bonanza para la zona por la cantidad de obras que se acometieron). Es de planta rectangular. Tiene una nave de bóveda de medio cañón, unida a la cabecera por un arco de medio punto. Desde ahí hay unas vistas magníficas de la otra ermita que acabo de visitar y del pueblo de Tella. Como en las otras, atravieso una puerta de madera y accedo al interior. Aquí si es de piedra, y parece en general mejor conservado. Hay una pequeña hornacina con la imagen de la Virgen de la Peña. Parece ser que en la guerra también sufrió grandes destrozos. Pero en el siglo pasado, en 1.983, se hicieron arreglos en la bóveda y en 1.995 fue totalmente restaurada. Todas estas ermitas son objeto de romerías a lo largo del año, cada una según el día del año en que caiga la festividad de la Virgen y los Santos a las que están dedicadas.



Una vez visto el edificio continúo dando un paseo por el entorno. Estoy en un punto en el que tengo unas magníficas vistas de los picos y del valle que está debajo. Hay un panel indicativo con los nombres de todos los picos que pueden verse. Es majestuoso. Unos cuantos buitres me sobrevuelan. Son bastantes. Estoy yo también a vista de pájaro. Se pueden observar en la lejanía el Castillo Mayor (2.014 m), el Soum de Ramond o Pico Añisclo (3.259 m) se ve Punta las Olas (3.032 m), Las Tres Marías (La Suca de 2.807m, La María Occidental de 2.780m, y la María Central de 2.753m) La Zuca (2.617 m),Sierra Custodia, la Garganta de Escuaín, el límite del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido…en fin, una maravilla.



Ya una vez visto todo, y disfrutado de un momento de asueto para relajarme con las vistas, empaparme del entorno, y tomar un poco de agua tranquilo, inicio el camino de vuelta. Retrocedo hasta una bifurcación donde un cartel te da a elegir o ir a Tella o volver por donde he venido. Como hago la ruta circular, voy a Tella. En suave descenso por camino empedrado, me dirijo al pueblo que por cierto tengo a la vista.


Me ha encantado la excursión. ¡Son las 12! He dedicado a esta visita ¡dos horas y media! Y aún tengo que llegar a Tella. Me lo he tomado con calma pero he disfrutado mucho. Una vez ya en el pueblo entro en la oficina de información y me hago con algunos mapas de la zona y folletos explicativos.
Me atiende una chica encantadora a la que le digo que tengo intención de acercarme al cañón de Añisclo y hacer la ruta circular de la Ermita de San Urbez y le pregunto si me va a dar tiempo pues no quiero volver muy tarde a Zaragoza. Me dice que sí. Así que emprendo camino para allá. No me arrepentiré. Pero esto va a ser otra entrada en mi blog, que os contaré a parte aunque corresponda a la misma excursión. Como digo siempre, espero que os haya gustado este relato.
Gracias por leerme. Hasta la próxima. Si queréis le podéis dar un me gusta «like» en la estrella que sale debajo de la opción de compartir abajo del todo. Gracias y ¡Hasta pronto!
















